lunes, 12 de abril de 2010

Pederastia y crímenes en la Iglesia


Me pide mi buen amigo, hermano y compañero Javier que si puedo difundir un artículo suyo que nadie le quiere publicar. Como para mí, además de estar totalmente de acuerdo con el, es un placer y un orgullo el poder hacerlo, aquí, desde esta TERCA y cabezona IUTOPIA, os lo ofrezco íntegro con el anticopyrigt correspondiente, es decir que podéis fotocopiarlo, difundirlo o comentarlo como y donde deseéis, que no solo no está prohibido, sino que es casi una obligación.

"Pertenezco a la generación que empezó sus estudios y su formación después de la guerra en un prestigioso colegio de religiosos. El Rector era el famoso P. Polavieja, el de la redención de penas por el trabajo. Nos dieron una muy buena formación elitista nacional católica. Allí aprendimos y asimilamos que todos los rojos eran unos criminales; un tumor en el cuerpo de España, que había que extirpar quirúrgicamente... Nos tuvieron de rodillas y con los brazos en cruz, nos dieron bofetadas y palos con el puntero, algunas palizas y, como quien no quiere la cosa, también nos metieron mano por debajo del pantalón corto (a mí también un par de veces). Violaciones no conozco, pero ahora vemos que las hubo.

La Iglesia católica, (incluidos los papas que bendijeron todo esto y cedieron a Franco el poder para elegir al Obispo de la Diócesis, de una terna previamente consensuada), además del escandaloso abuso de menores, tiene muchas cuentas pendientes con nosotros los niños de entonces: el habernos fanatizado hasta el punto de aceptar como cruzada heroica una guerra de exterminio del enemigo de Dios; el haber participado en mayor o menor grado en el asesinato de al menos 125.000 víctimas; el haber declarado ilegítimos y de padre desconocido a todos los hijos e hijas de matrimonios civiles no eclesiásticos; el haber participado activamente en el programa de “reeducación” de miles de niños y niñas hijos de madres y padres rojos, a los que quitaron legalmente la patria potestad, porque por ser rojos estaban incapacitados para la educación de sus hijos.

La Iglesia Católica, a la que pertenezco por convicción, enfangada en la perpetuación de la venganza cainita de los indudables crímenes que cometieron, contra ella, imputando a todos los rojos en general y como colectivo, y en la exaltación de sus mártires, debería reconocer su propia barbarie y propiciar la justicia y con ella la reconciliación de los hermanos y la anhelada paz para todos.
Creo que la mayoría de los hijos y los nietos de los vencedores y de los vencidos, estamos de acuerdo en que aquello fue un desmadre total por ambas partes que hay que reparar de alguna manera.
Creo que reconocemos que la matanza de diez mil curas y cinco mil presos o el fusilamiento de 125.000 rojos fueron crímenes injustificables, sólo explicables por un fanatismo genocida y masivo, nacido sin duda por injusticias y odios antiguos que explosionaron y nos contaminaron a todos.
Reconozcamos todos, los vencedores y los vencidos, además de la propia culpa, la inocencia de las víctimas. La Iglesia debería ser la primera en propiciar el mutuo reconocimiento para cerrar de una vez tanta barbarie. La mayoría de los católicos de a pie ya lo hemos reconocido, desde tiempo atrás y lo hemos manifestado colectivamente en muchas ocasiones pero la Jerarquía se resiste. Debería reconocer que Franco no fue un enviado de Dios, que la guerra genocida no fue una cruzada heroica, que los matrimonios civiles eran válidos y declararlos nulos fue una prevaricación, que las madres y padres rojos estaban capacitados para educar a sus hijos e hijas y quitarles la tutela fue un robo de niños, que la reeducación fue un secuestro para lavarles el cerebro, que ser rojo o roja no es un delito y el que lo convierte en delito y fusila por ello es simplemente un asesino y si las víctimas son 125.000 es un delito contra la humanidad.
Sólo pedimos reconocimiento, un gesto moral, un testimonio cristiano sin consecuencias jurídicas, sobre todo ahora, porque si alguien osa pedirles cuenta será juzgado por prevaricación. por nuestro Tribunal Supremo
". Por Javier Domínguez.

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