miércoles, 11 de febrero de 2009

Partidario de la desaparición del Vaticano, ese que hoy cumple 80 años nada más.


Si, como suena, como cristiano que soy, aunque rojo y cojo, y precisamente porque creo que la fe nos ha de llevar al seguimiento de Jesús de Nazaret y a construir el Reino (o la sociedad socialista y autogestionaria, que para mi tanto monta, monta tanto), precisamente por eso creo que la mejor celebración de ese 80 aniversario del Vaticano debería ser su cierre, la venta de sus riquezas y su entrega a los pobres (que ahora en tiempos de crisis sería muy bien acogida).
Como muchos teólogos católicos y gran parte de lo que llamamos la iglesia de base, a la que humildemente pertenezco, abogo por la desaparición del Vaticano como estado y, consecuentemente, por la supresión de todos los nuncios que actúan ante la ONU y ante los distintos países de todo el mundo como embajadores del supuesto “estado Vaticano”.
El Vaticano, ni antes, ni ahora tiene sentido (me refiero al sentido evangélico por que de poder, vaya si lo tiene, pero eso no es lo que quería el de Nazaret, claro. Por el propio bien y coherencia de la Iglesia este pequeño “estado” debería desaparecer como tal.
Para los que no lo sepan fue un 11 de febrero de 1929 cuando el dictador Mussolini, a través de los Pactos de Letrán, mas conocidos como pactos lateranenses, concedió la creación de este pseudo-estado a cambio de reconocimientos y favores mutuos.
Porque decidme, ¿Qué sentido tiene un estado-ficción que no tiene ciudadanos propios, ni poderes separados, porque lo que dice el Papa infalible, vamos que va a misa? ¿Qué pinta un señor que es a la vez jefe de estado y líder religioso, extendiendo sus sedes por todo el mundo y que participa en la ONU, como un estado más?, ¿Se puede aceptar hoy día que un estratega geopolítico de este poder, dicte su doctrina, desde unas hectáreas de Roma, la amplifique a través de miles de diócesis y de otros grupos “neocons”, con bastante poder en el mundo, para tratar de imponer sus dogmatismos y moral particular tanto a los gobiernos que se dejan, como a la ciudadanía en general, tenga la religión o creencias que tenga?.
Miren Uds, no voy a seguir porque me caliento ya que, -como manifestaba ese gran teólogo español que es González Faus, a sus hermanos Obispos “… debo confesaros que la institución eclesiástica es hoy la cruz de mi fe". Pero voy a hacer otra cosa y es dejaros un breve y reciente artículo de Saramago que habla de Vaticanadas o Vaticanerías, y con el que aunque no sea ateo, me identifico totalmente:

Vaticanadas por José Saramago
cuaderno.josesaramago.org/

O vaticanerías. No consigo ver a los señores cardenales y a los señores obispos trajeados con un lujo que escandalizaría al pobre Jesús de Nazaret, apenas cubierto con su túnica de pésimo paño, por muy inconsútil que fuera y seguramente no lo era, sin recordar el delirante desfile de moda eclesiástica que Fellini, genialmente, colocó en Ocho y Medio para su y nuestro disfrute. Estos señores se suponen investidos de un poder que sólo nuestra paciencia ha hecho perdurar. Se dicen representantes de Deus en la tierra (nunca lo han visto y no tienen la menor prueba de su existencia) y se pasean por el mundo sudando hipocresía por todos los poros. Tal vez no mientan siempre, pero cada palabra que dicen o escriben lleva por detrás otra pegada que la niega o limita, que la disimula o pervierte. A esto ya muchos más o menos nos habíamos habituado antes de pasar a la indiferencia, cuando no al desprecio. Se dice que la asistencia a los actos religiosos va disminuyendo rápidamente, pero me permito apuntar que también es menor el número de personas que, aun no siendo creyentes, entran en una iglesia para disfrutar de la belleza arquitectónica, de las pinturas y esculturas, de todo ese escenario que la falsedad de la doctrina que lo sustenta al final no merece.
Los señores cardenales y los señores obispos, incluyendo obviamente al papa que los gobierna, no están nada tranquilos. Pese a vivir como parásitos de la sociedad civil, las cuentas no les salen. Ante el lento aunque implacable hundimiento de este Titanic que es la iglesia católica, el papa y sus acólitos, nostálgicos del tiempo en que imperaban, en criminal complicidad, el trono y el altar, recurren ahora a todos los medios, incluyendo el chantaje moral, para inmiscuirse en la gobernación de los países, en especial aquellos que, por razones históricas y sociales, todavía no han osado cortar las amarras que sieguen atándolos a la institución vaticana. Me entristece ese temor (¿religioso?) que parece paralizar al gobierno español siempre que tiene que enfrentarse no sólo a enviados papales, sino también a los “papas” domésticos. Y digo todavía más: como persona, como intelectual, como ciudadano, me ofende la displicencia con que el papa y su gente trata al gobierno de Rodríguez Zapatero, ese que el pueblo español eligió con entera conciencia. Por lo visto, parece que alguien tendrá que tirarle un zapato a uno de esos cardenales.